-¿Sabes
una cosa?- por supuesto no me dejó responderle. - No cambiaría por
nada esos ojos, ni siquiera permitiría que el hoyuelo diminuto que
te sale en la mejilla derecha cuando sonríes, se borrará. - alargó
la mano y la puso en mi rodilla. - Me gustan hasta los lunares de tu
tripa.
Aquellos
momentos desafiaban de forma fuerte a la razón. A mi razón, que era
imperturbable antes de conocerla a ella. Nada se había vuelto en mi
contra nunca, no quiero decir que Nora si lo hiciera. Simplemente era
distinto. La relación establecida entre nosotros era como una enorme
nube de locura que no me dejaba indiferente nunca. No había ningún
día que no me acostará pensando que había hecho algo mal con ella.
Sobretodo los días azules, ese era el nombre que Nora le había
puesto a los días en los que le faltaba algo en la cabeza. Esos en
los que no acertaba a adivinar ninguna de sus miradas. Aún así
aquellos eran los días que más feliz me hacía.
-No
deseo estar muerta, pero a veces me gustaría no haber nacido.- el
fuego corría por debajo de mi piel cuando decía aquellas cosas.
Pero lo único que podía hacer era taparle la boca y repetirle mil
veces que si ella no estuviera nada tendría sentido para mi.