“Si
alguna vez te sientes desesperada lo único que tienes que hacer es
llamarme”. ¿Cuántas veces me habías repetido aquello? Tantas,
que aún hoy me resulta difícil no mirar el teléfono cada vez que
la locura se apodera de mis manos. “Cuando te tiemblen los dedos,
imaginame mirándote, como lo estoy haciendo ahora. Así, desnudo, y
con los brazos cruzados. Como un niño grande” No puedes llegar ni
a soñar las veces que te imaginé, pero supongo que tú lo habrás
probado alguna vez y sabrás que es completamente inútil.
Desgraciadamente
aquellos meses pasaron. Y hoy te digo que me ha sido jodidamente
imposible olvidar aquella forma tan tuya de dejar caer la mano sobre
la rodilla cuando te sentías frustrado. Era uno de tus gestos que
con más fuerza me mantenían a tu lado.
Antes
de que digas nada, antes de que apartes mis letras desequilibradas
con una sonrisa. Quiero que, antes, pienses en mí. Que recuerdes
aquellas tardes en mi casa cuando me estiraba en mi cama y repetía
tu nombre, sin descanso, hasta que te acercabas y apoyabas una de tus
manos junto a mi cara. ¿Qué era lo que veías en esos momentos? Te
quedabas absorto y me costaba traerte hacía mí de nuevo. Puede que
contarás las pecas que tanto te gustaban o que pensarás la
estrategia para volverme aún más loca por ti. No lo sé, y dudo que
jamás llegué a descubrirlo porque conociéndote como te conozco
podría afirmar que preferirías morir antes de desvelarme cualquier
resquicio de debilidad que pasara por tu mente.
Definitivamente
aquél se volvía el mejor momento que pudiese tener un día. De
todas formas, eras especialista en hacer que las cosas fueran a más.
O tal vez sólo fueras un ilusionista que jugaba a engañar a mis
sentidos con todo tipo de trampas mediocres, como si te jugarás la
carrera en un teatro estrambótico.
Aún
así, me encanto quererte, necesitarte a cada momento. Me hacía
sentir viva. Y eso, era mucho más de lo que esperaba de ti. He
llegado a la conclusión de que yo no quería cuidarte, ni siquiera
era capaz de hacerlo porque puede que en realidad fuera yo a la que
había que salvar. Lo hiciste.
Quizá
fuera por eso por lo que me encantaban tus días azules, como tú les
llamabas. Porque esos días me resultaba imposible entender ninguna
de tus miradas, te convertías en un crío insoportable y no querías
contar conmigo para nada. Te fumabas los cigarros a pares y sonreías
por todo y por nada. Me alejabas todo lo posible de ti, y a mi
aquello me reventaba. No sabes como lo odiaba, por eso luchaba contra
ti. Quería ganarte, esos días necesitaba ganarte. Y jugaba sucio
porque todo valía para hacer caer tu estúpido muro invisible. Ese
que construías con estudiado cuidado, con el que me dejabas fuera de
tu mundo. Y yo me rebelaba con secreta determinación y me volvía la
dulzura personificada. Creo que nunca llegaste a comprender lo que
eras para mi. Lo que había supuesto esa increíble coincidencia que
fue encontrarte en mi camino. Pero siempre que podía te lo hacía
ver, no me acobardaba que conocieras todos mis puntos débiles. Me
divertía ver como cedías y tu día se volvía rojo de nuevo, como
mis besos que te encendían como granadas sin seguro.
“Ante
todo soy un hombre”, esa era tu excusa para casi todo. Pero era
infalible porque siempre iba acompañada de tu sonrisa numero cuatro.
La que no pasaba más allá de tu comisura izquierda. Nacía y moría
en menos de un segundo y ese era realmente su encanto.
Tengo
que decirte algo: hasta que no encuentres a la mujer que sepa
entender y diferenciar cada una de tus sonrisas, hasta entonces,
seguirás pensando en mi como en esa pequeña nube de locura que se
alzó sobre tu cielo con la intención de encapotar las pocas ideas
que podían quedarte.
Hasta
entonces sólo me queda por hacerte saber un delirio más. Ante, pese
y sobre todo estuvo bien quererte.