viernes, 1 de mayo de 2015

Días


“Si alguna vez te sientes desesperada lo único que tienes que hacer es llamarme”. ¿Cuántas veces me habías repetido aquello? Tantas, que aún hoy me resulta difícil no mirar el teléfono cada vez que la locura se apodera de mis manos. “Cuando te tiemblen los dedos, imaginame mirándote, como lo estoy haciendo ahora. Así, desnudo, y con los brazos cruzados. Como un niño grande” No puedes llegar ni a soñar las veces que te imaginé, pero supongo que tú lo habrás probado alguna vez y sabrás que es completamente inútil.
Desgraciadamente aquellos meses pasaron. Y hoy te digo que me ha sido jodidamente imposible olvidar aquella forma tan tuya de dejar caer la mano sobre la rodilla cuando te sentías frustrado. Era uno de tus gestos que con más fuerza me mantenían a tu lado.
Antes de que digas nada, antes de que apartes mis letras desequilibradas con una sonrisa. Quiero que, antes, pienses en mí. Que recuerdes aquellas tardes en mi casa cuando me estiraba en mi cama y repetía tu nombre, sin descanso, hasta que te acercabas y apoyabas una de tus manos junto a mi cara. ¿Qué era lo que veías en esos momentos? Te quedabas absorto y me costaba traerte hacía mí de nuevo. Puede que contarás las pecas que tanto te gustaban o que pensarás la estrategia para volverme aún más loca por ti. No lo sé, y dudo que jamás llegué a descubrirlo porque conociéndote como te conozco podría afirmar que preferirías morir antes de desvelarme cualquier resquicio de debilidad que pasara por tu mente.
Definitivamente aquél se volvía el mejor momento que pudiese tener un día. De todas formas, eras especialista en hacer que las cosas fueran a más. O tal vez sólo fueras un ilusionista que jugaba a engañar a mis sentidos con todo tipo de trampas mediocres, como si te jugarás la carrera en un teatro estrambótico.
Aún así, me encanto quererte, necesitarte a cada momento. Me hacía sentir viva. Y eso, era mucho más de lo que esperaba de ti. He llegado a la conclusión de que yo no quería cuidarte, ni siquiera era capaz de hacerlo porque puede que en realidad fuera yo a la que había que salvar. Lo hiciste.
Quizá fuera por eso por lo que me encantaban tus días azules, como tú les llamabas. Porque esos días me resultaba imposible entender ninguna de tus miradas, te convertías en un crío insoportable y no querías contar conmigo para nada. Te fumabas los cigarros a pares y sonreías por todo y por nada. Me alejabas todo lo posible de ti, y a mi aquello me reventaba. No sabes como lo odiaba, por eso luchaba contra ti. Quería ganarte, esos días necesitaba ganarte. Y jugaba sucio porque todo valía para hacer caer tu estúpido muro invisible. Ese que construías con estudiado cuidado, con el que me dejabas fuera de tu mundo. Y yo me rebelaba con secreta determinación y me volvía la dulzura personificada. Creo que nunca llegaste a comprender lo que eras para mi. Lo que había supuesto esa increíble coincidencia que fue encontrarte en mi camino. Pero siempre que podía te lo hacía ver, no me acobardaba que conocieras todos mis puntos débiles. Me divertía ver como cedías y tu día se volvía rojo de nuevo, como mis besos que te encendían como granadas sin seguro.
“Ante todo soy un hombre”, esa era tu excusa para casi todo. Pero era infalible porque siempre iba acompañada de tu sonrisa numero cuatro. La que no pasaba más allá de tu comisura izquierda. Nacía y moría en menos de un segundo y ese era realmente su encanto.
Tengo que decirte algo: hasta que no encuentres a la mujer que sepa entender y diferenciar cada una de tus sonrisas, hasta entonces, seguirás pensando en mi como en esa pequeña nube de locura que se alzó sobre tu cielo con la intención de encapotar las pocas ideas que podían quedarte.
Hasta entonces sólo me queda por hacerte saber un delirio más. Ante, pese y sobre todo estuvo bien quererte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario