martes, 14 de junio de 2011

Agosto es infinito sin ti

Dejo su tiempo y su copa a mi lado. Bajo los parpados hasta mis manos y callo, como tantas otras veces había callado. Sus silencios eran intensos, cargados de algo distinto, extraño... que en ocasiones se me antojaba desesperante, pero siempre mágico. Tal vez fuera su respiración, o tal vez mi cerebro algo trastornado.
Tiempo antes se había desabrochado la camisa y había lanzado la corbata a una esquina de la habitación. Decía que le oprimía la razón, que los hombres con corbata no sabían pensar.
Mientras tanto hacía bailar los hielos de su copa, con aquella elegancia insólita, despreocupada que siempre le seguía. Le observé, sus ojos verdosos y profundos vivían ocultos bajo sus pestañas. Sus labios carnosos se veían entreabiertos, esperando algo.
Había estado con su padre, aún conservaba aquella sonrisa irónica que tanto odiaba.
-¿En qué piensas?- soltó de repente.
-En todo un poco... en ti, en mi...
-¿Sabes que puedes pensar? En venir conmigo a brasil. ¿Vas a hacer que te ruegue mucho más? - hizo una pausa que me pareció eterna. -Te voy a echar de menos... ¿Quien cuidará de mi?
-Seguro que encuentras a alguien rápido, por ahí hay muchas chicas guapas que necesitan "cuidar" de alguien como tú. Y lo más seguro que mucho mejor que yo. Ya me entiendes... Además sólo será un mes.
Me levanté de aquel sofá y me acerque a la butaca donde él se estaba. Me senté en su regazó y me abracé a su cuello, me di cuenta de que nuestros rostros estaban  demasiado cerca y el magnetismo de sus ojos me atrapó una vez más.
Personas, Hombre, Mujer, Pareja, Blanco Y Negro

-Un mes es mucho tiempo sin ti.- casi  no le escuchaba. Su voz sonaba increíblemente lejana en mi cabeza, como si estuviéramos cada uno en un extremo del Sahará, como si estuviera a miles de quilometros.
Un gesto, sólo eso basto para que aterrizará. Para que sintiera de forma fuerte la calidez de su mano atrapando mis dedos.
-Ehh... ¿Dónde estabas?- me preguntó sonriendo.
-Creo que cerca de Tailandia.
-Estas loca.- y después soltó una carcajada, que voló por la habitación haciendo que pareciera menos lúgubre. Menos cargada de aquellos vestigios de cordura que emanaba mi hermano mientras estudiaba allí.
Sonreí sin poderlo evitar y me escondí en el hueco de su cuello.



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