El masoquismo llega a su fase culminante cuando surge el amor. Ya ves, agachas la cabeza, otra vez esperando que algo que no entiendes suceda. A que no te toque demasiado cerca la próxima bala, o al menos no se clave tan adentro. ¿Qué eres tú sin esa estúpida historia en blanco?
Tan dispares sentimientos, ¿sentimientos? No, más bien pensamientos de esos que surgen cuando bajas la guardia, cuando tu vecino cabrón aporrea su piano creyendo en su magnificencia inexistente. En ese mismo instante me imagino encerrada en un ascensor con la persona con la que menos y más ganas tengo de hablar. Mantenemos una de esas conversaciones que es mejor evitar. Mientras mantengo la sonrisa cortés y el tono educado en mis adentros se oye un "¡Cállate!" a gritos. Pienso en soltarlo y estampar su ojos contra el espejo. Quizá con un poco de sangre de por medio... Tal vez así dejara de mirarme con esa autosuficiencia. Me siento en el suelo y espero a que un equipo de vecinos infelices llamen a alguien que consiga sacarme de esa jaula. Me pone la mano en la rodilla. No me toques. No te aguanto. Pero antes de que pueda suspirar toda esa fachada se desvanece y caigo. A la mierda mi auto control.
Me levantó de la cama y se termina la función. Antes de bajar, sin embargo, aporreo la pared con la esperanza de que mi Richard Clayderman particular se busqué otro hobbie más productivo.

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